
Buona sera!
Hace mucho tiempo que ocurrió lo que ahora os cuento, estaba de vacaciones, no diré en dónde por si alguien, aunque reconozco que es bastante improbable, me reconociera a través de los sucesos, lo máximo que me permito es que sepáis que era un pueblo con mar - ya sé que la frase no es mía y espero que no me metan un paquete por utilizarla, igual tiene una patente- en las postrimerías del verano. Estaba sentada en una terraza con una buena amiga, tomabamos café mientras charlabamos de nuestras cosas. A nuestro lado se sentaron dos muchachos, al parecer británicos (lo dedujimos por su tono de bronceado y porque su bebida favorita era la cerveza) que no dejaban de mirarnos. No les hicimos el menor caso, terminamos nuestra charla y nos fuimos.
Todas las noches teníamos costumbre de reunirnos en el local de un canadiense, era un hombre un tanto atípico, artista, científico, chalado, una mezcla muy interesante si la unimos a los horarios a los que abría el bar. Él nos preparaba unos destornilladores magníficos, con zumo de naranja natural, vodka helado y un poquito de jarabe de granadina, no sabrá nunca lo que echo de menos sus combinados. El local tenia una terracita-patio, no estaba dentro del local (patio) ni fuera (terraza), en donde decidimos sentarnos para ver pasar a la gente escondidas entre la vegetacion. Cuando pedimos la segunda ronda nos dimos cuenta de que los ingleses habían encontrado nuestro escondite, nos sonreían afables como si nos hubieran presentado. Hecho que no tardo en suceder, el canadiense-barman nos dijo sus nombres y su procedencia. Efectivamente eran británicos, nos invitaron a las copas y nosotras hicimos lo propio compartiendo nuestro espacio en la mesa-terracera. El bar estaba de bote en bote, casi era más favor lo nuestro que lo suyo, a una copa te invita cualquiera si vas vestida como lo estabamos nosotras esa noche, pero a un cacho de mesa en un lugar de lo mas trendy no es tan habitual. Entablamos conversación, eran simpáticos y no eran mal parecidos, igual era el vodka con naranja no voy a negarlo. Nosotras decidimos cambiar de panorama, por educación les comentamos que nos íbamos y ellos se apuntaron. Saliendo del bar y al volver la esquina se encontraba otro local con actuaciones en directo, les dijimos de entrar y no quisieron, se miraron con complicidad y sonrieron, se dieron la mano (nosotras sin enterarnos de lo que pasaba) y nos propusieron volver más tarde. Hicimos ruta costera, todos los bares se encontraban prácticamente en la arena del mar. Por su conversación supimos que tenían varios gimnasios repartidos por el Reino Unido y que mucha gente famosa contrataba sus guardaespaldas con ellos. También caímos en la cuenta de que los relojes, cinturones y zapatos que llevaba eran de buena calidad, bueno mejor dicho excelente tirando a superior.
Después de todo esto volvimos al sitio de las actuaciones. También conocíamos al dueño, un autóctono que vivía con una inglesa, ella era la propietaria auténtica del sitio. Se contaban algunas historias de ella, pero prácticamente nadie las creía. Cuando entramos sólo estaban los camareros, nos sentamos en la barra y pedimos nuestras consumiciones. A los veinte minutos apareció el propietario que al vernos, a mi amiga y a mí, se acercó a saludarnos con la efusividad que lo caracterizaba. La sonrisa se le congelo en la boca cuando vio a nuestros acompanantes. Besos, saludos, sonrisas, chupitos y el ambiente más denso que el del cráter del Krakatoa. Nos resulto raro que los ingleses y el dueño se conocieran. Paso un ratito y los chicos decidieron que era hora de ir a la disco, nos fuimos tan contentas, despedidas, más chupitos, mas besos, ciao, ciao.
Lo siguiente sucediú vertiginosamente, entramos en la discoteca y nos acercamos a la barra, los chicos nos dieron una cartera llena de tarjetas de crédito doradas y emplatinadas, nos dijeron que les esperasemos allí que tardaban un momento, tenían que ir a su hotel a por algo que habían olvidado. Que hicieramos uso de la cartera sin problemas, que si por cualquier casualidad no pudieran volver que nos reunieramos con ellos al día siguiente en un pueblo cercano para devolverles las tarjetas y almorzar. Se fueron, hicimos uso de las tarjetas, esperamos hasta el cierre de la disco y no aparecieron.
Al día siguiente, con resaca, fuimos a devolverles sus cosas/tarjetas, esperamos casi dos horas en balde.
En la noche volvimos al bar del canadiense, este nos comento que parecía ser que su vecina inglesa, la del bar, estaba casada con un gángster y que le había mandado a un par de muchachos para que le devolviera un dinero que le debía. A ella no le había pasado nada, pero al nuevo compañero le habían hecho una advertencia muy seria, con resultado de un brazo fracturado, la nariz para que la montara de nuevo un cirujano plástico, varias costillas rotas y un sinfín de erosiones y raspones. Mi amiga y yo nos miramos, salimos del bar corriendo, tiramos las tarjetas, hicimos las maletas y volvimos a nuestro pueblo sin mar.
Nunca más pisamos ese sitio, una pena porque nadie me volvio a preparar un destornillador como los que hacía el canadiense.

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