
¡Buenas noches, queridos!
Aquí me teneis al otro lado del charco. Pasando calor y esperando por todos esos papeleos en los que siempre ando. Ser multirresidente es algo muy poco recomendable, pagas en todos sitios y a la hora de la verdad ningún país te quiere.
Dejando de lado estas simplezas, que ahora me lo parecen más, quiero recordar desde aquí a alguien que formó parte de mi vida y que, como muchos otros, me ha dejado las memorias en el cuadro. Ni siquiera me salen las palabras, no por el dolor, sino por la acumulación de recuerdos canallas de aquella pandilla hoy extinta, y no es metáfora la extinción. El mes de Mayo ha pasado a ser uno de mis meses malditos en cuanto a necrológicas vitales, casi que tenía que haberlo adivinado a mis veintiuno, cuando se produjo la primera baja.
Muchos de los que me leeis también lo conocisteis, fue una persona brillante, inteligente, por decir lo bueno, dejaré lo malo para otro día. Nos conocimos en el año ochenta estudiantes, recorrimos en un R4 parte de España, cuando nuestro país ni soñaba con tener un presidente socialista. Anduvimos tres años juntos, nos separamos sin saberlo y nos dimos cuenta cuando ya estabamos en brazos de otros destinos.
Simplemente reconocer que gracias a su influencia sentí curiosidad por cosas que me hubieran pasado desapercibidas y desearle, si esto es posible, que haya encontrado lo que durante tanto tiempo persiguió, el conocimiento, la comunión divina (nada que ver con lo religioso al uso).
Adios Rafa, te recordaré... tal como eramos.

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